¿Tu bebé no habla aún? Tal vez pasa demasiado tiempo frente a una pantalla

Joaquina y Rafa tienen un bebé precioso, Carlitos, que tiene 18 meses y está en un percentil 80 de peso y altura. Ya camina y se desarrolla a buen ritmo, excepto en lo que respecta al habla. Todavía no es capaz de pedir a sus padres lo que quiere con palabras, sino que señala con el dedo o hace muecas hasta que Joaquina y Rafa adivinan qué quiere. Sus padres no se explican cómo es posible que Carlitos progrese tan bien en todo lo demás, pero aún no se haya arrancado a hablar. Lo que ellos no saben, es que gran parte de la culpa la tienen las horas que Carlitos pasa mirando embobado la pantalla del teléfono móvil con el que sus padres le distraen cada día.

Desde hace décadas, innumerables estudios han demostrado que, durante la infancia temprana, el exceso de tiempo pasado mirando la televisión repercute en retrasos en el habla, ya que esas horas frente al televisor son horas que el niño no pasa interactuando con sus padres o jugando. El desarrollo temprano del lenguaje se basa en gran medida en que los niños puedan escuchar hablar a sus padres, observar sus caras y gestos e interactuar con ellos. Por el contrario, se ha comprobado que, en niños de entre 2 y 48 meses, el simple hecho de tener la televisión encendida, incluso si los menores no están viéndola directamente, está asociado a un menor manejo de vocabulario y menos conversación.

Hoy en día, este “tiempo de pantalla” no se limita solo a la televisión, sino también a las tabletas y teléfonos. Los estudios afirman que casi todos los niños miran dispositivos móviles antes de cumplir dos años, algunos de ellos a diario. Los padres usan estos dispositivos para entretener a los niños, calmarlos o tenerlos distraídos con algo. Otros padres incluso piensan que hay que acostumbrar a los niños a la tecnología desde el principio, para que luego puedan aprovechar todos los recursos educativos a su alcance.

Además, el uso de estos dispositivos tiene efectos diferentes a los producidos por la televisión “tradicional”, en las capacidades comunicativas de recepción (escuchar y comprender) de expresión (hablar) de los menores ya que, a diferencia de la contemplación pasiva de la televisión, las pantallas de tablets y teléfonos son táctiles e interactivas. De hecho, a los niños les encanta la capacidad de interactividad de las pantallas táctiles porque, con muy poco esfuerzo (solo tocar la pantalla), consiguen que ésta haga muchas cosas: cambiar de color, producir sonido e imágenes, subir y bajar el volumen o el tamaño de las figuras, etc. Esto es tremendamente estimulante para los bebés y los niños más pequeños y, como la pantalla cambia sin parar cada vez que la tocan, los peques pueden estar mucho tiempo concentrados en ese juego.

Por el contrario, el proceso de aprender a comunicarse es lento, deliberado y lleno de errores. Para aprender a hablar, los bebés tienen que empezar por entender los sonidos que forman palabras para designar objetos. Al niño le requiere un esfuerzo tremendo asimilar un objeto visualmente, como por ejemplo el pan, identificarlo con un nombre, aprender el sonido de ese nombre y luego conseguir mover la lengua y la boca para que se produzca ese sonido de tal forma que otras personas puedan entenderlo. En definitiva, se trata de un proceso que requiere tiempo y mucha práctica para conseguir algo.

Aunque muchos padres crean que poner a sus bebés aplicaciones educativas para tabletas o teléfonos va a contribuir a mejorar su aprendizaje, lo cierto es que los estudios dejan claro que los bebés y los niños muy pequeños tienen dificultad para aprender de manera transversal en varios formatos. Los pequeños no aprenden viendo videos, sino a través de la interacción cara a cara con otras personas. Aunque veamos a los bebés quedarse ensimismados frente a una pantalla durante mucho tiempo, esto ocurre porque están sobreestimulados por las imágenes, los sonidos y el movimiento, pero no están aprendiendo.

Los peques aprenden a hablar y a comunicarse interactuando cara a cara y directamente con sus padres, sus hermanos mayores y otros adultos. Necesitan observar de manera global la expresión, los gestos y las interacciones entre adultos, para que esta vivencia cree un significado profundo y duradero en el cerebro del niño, que a su vez le permita empezar a comprender las bases de la comunicación. Viendo esas interacciones una y otra vez, varias veces al día y todos los días, los pequeños empiezan a ganar confianza para, finalmente, lanzarse ellos mismos a participar también en esas interacciones, primero con expresiones faciales y gestos y, más tarde, con sonidos y palabras. Con el tiempo, el proceso evoluciona hacia la comunicación expresiva, en la que el niño consigue comunicarse con las personas de su entorno.

En cambio, el impacto de los medios audiovisuales en dispositivos móviles puede ser muy dañino para el desarrollo del lenguaje de los más pequeños. Solo con aumentar en 30 minutos el tiempo que nuestro bebé pasa mirando una pantalla, aumentamos al doble el riesgo de que sufra retrasos en el desarrollo del lenguaje. Además, estar expuesto a más y más sonidos procedentes de estos dispositivos va a reducir significativamente su capacidad de vocalización (modular sonidos) y de respuesta en conversaciones (contestar a sus padres con una respuesta verbal), así como el número de palabras que aprenderá a usar.

Los niños aprenden a hablar y a comunicarse a través de la interacción directa con las personas que les rodean. La tecnología no ha conseguido aún sustituir al intercambio multifacético de ideas, emociones y necesidades de los humanos. Nuestros pequeños sólo aprenderán el significado y la pronunciación de palabras nuevas si pueden practicar. Por tanto, si intentamos recurrir a las pantallas lo menos posible y en cambio hacemos un esfuerzo por interactuar con nuestros bebés siempre que podamos, les ayudaremos a desarrollar un buen vocabulario y contribuiremos a que empiecen a hablar y lleguen a expresarse con fluidez lo antes posible.

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Sobre la Instructora
Paternidad Proactiva
Dra. Deanna Marie Mason PhD
Mas de 20 años de experiencia clínica ayudando a familias: Licenciada en Enfermería, Máster en Práctica Avanzada de Enfermería: Pedriatric Nurse Practitioner y Doctorado (PhD) en enfermería. Profesora universitaria, especialista en educación del paciente, investigadora pediátrica, colaboración con publicaciones científicas internacionales de primer nivel, actividad filantrópica continuada relacionada con la promoción de la salud y el bienestar, esposa y madre de dos hijos.

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