Ir al cole en tiempos de COVID

Tanto si vais a llevar a vuestros hijos al colegio por primera vez, como si se trata de bregar con las nuevas reglas y restricciones impuestas para este “curso del COVID-19”, la mejor manera de ayudar a vuestros hijos a adaptarse mejor al nuevo año académico pasa por establecer una rutina y sistematizar tareas ayudará

En estos días, las familias están sufriendo una situación muy estresante debido a los cambios a que nos está sometiendo la pandemia: el teletrabajo, los despidos masivos, trabajadores en ERTE, las clases online, los “grupos-burbuja” en el cole, los horarios escolares cambiantes o rotativos, etcétera. Nadie estaba preparado para algo así. Además, algunos de los cambios que nos han impuesto son realmente difíciles de cumplir. En muchos casos, no sabremos ni por dónde empezar. Por suerte hay publicados algunos estudios sobre este tipo de circunstancias, que nos pueden ayudar a sobrellevar la situación un poco mejor.

Ante todo, debemos recordar que todo el mundo está haciendo lo posible para adaptarse a estos cambios sobrevenidos. Por eso, en mitad de la vorágine puede ser una buena idea parar un momento y reflexionar sobre lo siguiente: en estos últimos meses, ¿qué te ha funcionado y qué no? Piensa en ello, quédate con las cosas que os han ido bien en familia y busca soluciones nuevas para aquellas que no salieron tan bien. No olvides preguntar a tus hijos sobre estos temas. Tienen una mente creativa y flexible, por lo que sus opiniones pueden resultar de gran ayuda en estos tiempos de transición.

Es importante establecer rutinas que sirvan como referencias. Por ejemplo, recuperar las comidas en familia es una forma fantástica de estructurar los días. Estar todos juntos, sentados y comiendo es beneficioso en muchos sentidos. Para empezar, porque los niños se van a alimentar mejor y de manera más nutritiva durante las comidas en familia. Segundo, porque la comida, y sobre todo la cena, constituye un lugar y un momento ideal para relajarse y charlar tras un día de trabajo. Y, finalmente, las horas de las comidas ofrecen un entorno seguro para comprobar cómo está llevando la situación cada uno de los miembros de la familia. Estar juntos es beneficioso para la salud mental y el bienestar tanto de los progenitores como de los hijos.

Aunque todos pasamos muchas horas pegados a las pantallas del ordenador, la tablet, el teléfono, etc., no olvidemos que incluir algo de actividad física es esencial para la salud del cuerpo y la mente. No hace falta estar una hora completa entrenando para obtener beneficios: una pausa de 10 minutos para bailar en el salón (cada vez elige uno la música) o jugar un ratito a pillar será suficiente para incrementar los niveles de energía, cortar de vez en cuando con el trabajo frente a la pantalla e incrementar nuestra capacidad de atención, además de disfrutar de los beneficios intrínsecos de la actividad física.

Aunque estemos tentados de ser más flexibles e indulgentes con nosotros mismos, a la larga es mejor establecer reglas y objetivos, así como establecer una rutina diaria. Por ejemplo, aunque las clases sean online, es importante mantener los mismos horarios para ir a dormir que teníamos con las clases presenciales. Además, para que nuestros hijos descansen mejor, debemos asegurarnos de que dejan de mirar pantallas al menos media hora antes de irse a la cama.

Debemos mantener abiertas líneas de comunicación con nuestros hijos. Es importante encontrar tiempo para hablar con ellos y estar atentos por si aparecen signos de ansiedad o problemas que indiquen que podrían necesitar apoyo psicológico extra. Si crees que tu hijo tiene problemas, no dudes en contactar con tu médico o sanitario y pedir consejo.

También es importante vigilar por si aparecen señales de que nuestro hijo pueda tener dificultades en el aprendizaje o problemas para asimilar las lecciones. No dudes en hablar con sus profesores, para que ellos también sepan cómo está llevando el niño la situación, tanto académica como emocionalmente. Si, en un momento dado, surgen problemas para ajustarse a la materia o los modos de enseñanza del colegio, esta conexión previa con el profesor nos va a ayudar mucho a encontrar soluciones apropiadas. Del mismo modo, debemos promover que nuestros hijos se hagan responsables de sus estudios. Hace falta tiempo y mucha práctica para desarrollar buenos hábitos de estudio y llegar a ser independientes en el aprendizaje.

Los chicos y chicas que tengan clases online necesitarán un lugar tranquilo para realizar las tareas escolares y tener los materiales de aprendizaje a mano, así como la clave de la WIFI y las claves de acceso las plataformas del colegio, su material de escritura. También deben contar con sistema para guardar una copia de su trabajo y que no se pierda en caso de que le ocurra algo al dispositivo. No hay nada peor que perder un trabajo porque se estropee el ordenador, así que contar con un back-up nos ahorrará muchas lágrimas.

Si tienen clases presenciales, necesitarán varias mascarillas bien marcadas con sus nombres para que no las confundan con las de sus compañeros. Hay que calcular que necesitarán cambiar de mascarilla cada cuatro horas, o incluso antes si éstas se ensucian o se mojan. No está de más practicar en casa cómo ponerse y quitarse la mascarilla con seguridad, sin tocar la zona que cubre la boca y la nariz, cogiéndola siempre por los elásticos que van a las orejas o por detrás de la cabeza para no contaminar la mascarilla ni las manos. También es importante recordar a los niños que deben lavarse las manos o usar gel hidroalcohólico antes y después de ponerse la mascarilla.

Por supuesto, si tu hijo se encuentra mal o muestra síntomas de COVID-19, no debes llevarle al colegio. En ese caso, llama al médico de cabecera o a su pediatra y toma las medidas necesarias para cuidarle hasta que se recupere y, al mismo tiempo, protege a los demás para que no enfermen.

Por último, no debemos olvidar que nuestros hijos ven y oyen todo lo que hacemos y decimos. Debemos dar ejemplo para ayudarles a sobrellevar los tiempos difíciles que estamos viviendo. Para ello, debemos entender que tengan momentos de frustración, como nosotros mismos los tenemos; algún exabrupto es comprensible e incluso saludable en estas circunstancias inciertas. Para mantener el equilibro en la familia, la clave está en tener un plan de acción que sea adaptable según las circunstancias evolucionen y ajustar la gestión de la situación según las medidas que tomemos vayan funcionando mejor o peor.

En realidad, Nuria está saturada porque está abarcando demasiadas tareas sin descansar todo lo que necesitan su cuerpo y su mente. Los seres humanos necesitamos dormir bien para reparar nuestros organismos a nivel celular, consolidar en nuestras mentes la información recibida durante el día y regular nuestras emociones. Estos procesos tienen lugar a través de las distintas fases del sueño, incluida la fase REM. Normalmente, los adultos necesitan entre siete y ocho horas para atravesar varios periodos REM y así obtener todos los beneficios de un sueño reparador. Por ello, cuando acortamos las horas de sueño se hace más y más difícil acceder a esos niveles de sueño profundo en los que se reponen el cuerpo y la mente.

Investigaciones recientes han confirmado que el sueño forma parte integral de nuestra salud. Los padres y madres que no duermen lo suficiente tienen luego más dificultades para llevar a cabo sus tareas diarias. La falta de sueño provoca que nos falte capacidad de concentración, que cometamos errores a menudo y que nos distraigamos constantemente. Además, la fatiga y la falta de sueño afectan a nuestra capacidad de comunicación con los demás. Investigaciones recientes muestran que los progenitores pierden parte de su control verbal y tienden a hablar de manera más brusca cuando no han podido dormir lo suficiente, reflejando su estado ya sea con el uso de un vocabulario más duro o bien usando un tono más agresivo.

No se trata, además, de pasar más o menos horas metidos en la cama. Por muy pronto que se acuesten, muchos padres tienen luego problemas para conciliar el sueño o se despiertan en mitad de la noche porque sus cerebros se mantienen activos, procesando todos los asuntos que tienen pendientes.  Estos procesos mentales suelen ocurrir durante la noche, cuando no tenemos otras distracciones y el ambiente oscuro y tranquilo nos invita a darle vueltas a la cabeza con los acontecimientos del día, a pensar en lo que tenemos que hacer al día siguiente y a revivir las sensaciones experimentadas unas horas antes. En la quietud de la noche encontramos tiempo y espacio para pensar; el problema es que mantener la mente activa nos va a impedir conciliar y mantener el sueño.

Pero, entonces, ¿qué podemos hacer los padres y madres, para gestionar toda esa carga de trabajo y además conseguir un buen descanso?

El primer paso es asumir que tenemos que cuidarnos y que un buen descanso es crucial para mantenernos sanos y poder con todo el trabajo. A menudo nos acostamos tarde porque queremos dejar el mayor número posible de tareas terminadas antes de irnos a dormir, pero los expertos afirman que eso puede ser contraproducente. Más vale irnos a la cama a tiempo y descansar bien, para que al día siguiente estemos más concentrados y seamos más productivos.

Asimismo, debemos evitar recurrir automáticamente a “soluciones rápidas”, ya sean estimulantes, como mucho café o bebidas energéticas, para mantenernos despiertos, o depresores del sistema nervioso central, como el alcohol, para relajarnos antes de ir a dormir. Estos recursos pueden funcionar si se usan con moderación y ocasionalmente, pero si se toman a diario, el organismo creará una creciente tolerancia a sus efectos que nos llevará a necesitar cantidades cada vez mayores para obtener el mismo resultado y, con el tiempo, nos puede acarrear otros problemas de salud. Por tanto, es mejor recurrir a actividades más saludables y que produzcan efectos similares, como hacer ejercicio, ya sea mediante un paseo rápido, levantarnos de la silla y estirar cada dos horas, o simplemente desconectar llamando a alguien para conversar durante unos minutos. Del mismo modo, hay actividades que nos ayudan a desacelerar y relajarnos, tales como respirar profundamente durante un minuto (lo cual podemos practicar varias veces a lo largo del día), tomar un baño templado antes de acostarnos o practicar algunas posturas de yoga para estirar y relajar los músculos. Todas estas actividades pueden incorporarse a nuestras rutinas diarias para ayudarnos a manejar el estrés y mantener el equilibrio en jornadas que nos exigen el máximo de tiempo y atención.

Por último, si no podemos evitar dar vueltas a todo cuando tendríamos que dormir, o si nos despertamos en mitad de la noche con un montón de ideas bullendo en nuestra mente, siempre podremos al menos intentar “aparcar” esos pensamientos. Para ello, dejaremos papel y boli en la mesilla de noche y tomaremos nota de todas esas ideas que no nos dejan dormir. Con esta técnica, lo que hacemos es guardar a buen recaudo todo aquello que nos perturba hasta que llegue el momento de gestionarlo. Al poner nuestras preocupaciones por escrito, aseguramos a nuestra mente inquieta que ya puede dejar de pensar en todas esas cosas, porque las hemos apuntado y ya no se nos van a olvidar. Esto nos permitirá liberar parte del estrés y que nuestros pensamientos puedan divagar hasta que alcancemos el sueño.  Seguramente, cuando leamos la lista a la mañana siguiente, ya no nos parecerá tan angustiosa porque nuestro cerebro habrá tenido tiempo de procesar la información mientras dormíamos. 

Como conclusión, aprender a priorizar nuestras necesidades como individuos nos ayudará a ser mejores padres y a enfrentarnos a retos importantes con mejores opciones de éxito. Cuidarnos nos ayudará a prepararnos mejor para todo lo que nos traiga el día siguiente; también nos hará más pacientes para asumir las necesidades de nuestros hijos y darles todo el cariño que haga falta en su complejo camino hacia la madurez y en su búsqueda de su lugar en el mundo.

Hoy en día, por lo general, se asocia el concepto de valores con el mundo adulto, no con la infancia. Cuando pensamos en los niños, acuden a nuestra cabeza calificativos como espíritus libres, inocentes, curiosos, libros en blanco, dependientes y otros términos por el estilo. Sin embargo, la mayoría de los padres asegura que quieren educar en valores a sus hijos. El problema, a menudo, es que no saben bien cómo transmitir de manera efectiva y práctica esos valores que ellos, como adultos, aprecian. Esto lleva, por lo general, a que los padres prefieran retrasar el momento de inculcar valores a sus hijos hasta que sean mayores y más maduros, o si empiezan a mostrar conductas que reflejan una falta de dichos valores.

En este mundo de cambios constantes, muchas familias ni siquiera tienen claro a qué se refiere el concepto de “valores”. En realidad, los valores son ideas y creencias que usamos para evaluar situaciones, tomar decisiones y elegir las acciones a emprender en cada momento. Los valores son las señales que encontramos a lo largo de nuestro camino y que nos indican qué está bien y qué está mal, qué se debe hacer y qué no, o qué es apropiado en cada momento y qué no lo es.

Lo cierto, por desgracia, es que retrasar la enseñanza de valores puede ser problemático. Los niños están intelectualmente preparados para aprender valores a lo largo de casi toda su vida. La clave está en enseñar estos valores de manera acorde a su nivel de desarrollo. Si se hace así, la enseñanza en valores puede comenzar desde que el niño cumple un año y continuar sin pausa hasta el final de la adolescencia. Es más: si los niños empiezan a aprender valores pronto, tendrán más tiempo de comprender realmente lo que significan esos valores en toda su profundidad, y no solo las acciones externas que llevan aparejadas. Además, los padres podrán reaccionar y reforzar esos valores firmemente en el entendimiento de sus hijos e hijas.

Cuando los niños aprenden tanto una conducta concreta como el valor que la sustenta, serán más capaces luego de poner en práctica esa conducta de forma autónoma. De hecho, hay muchos niños que se comportan de una manera cuando hay adultos delante y de otra muy distinta cuando creen que no les observan. Una razón por la que esto ocurre es que esos niños solo han aprendido que comportarse de cierta manera sirve para recibir aprobación y evitar que les regañen. Sin embargo, no han entendido que “portarse bien” es el reflejo conductual de un valor importante. La desconexión entre los comportamientos adecuados y los valores que subyacen tras esas pautas de comportamiento pueden resultar en que los niños se vuelvan impredecibles, lo cual les acabará causando problemas. Por tanto, para educar en valores es importante mostrar específicamente a los niños tanto las conductas adecuadas como los valores que subyacen tras cada una de ellas. Este proceso se irá tornando más complejo a medida que los menores crezcan, pero cada paso es necesario para cimentar el siguiente.

He aquí algunos ejemplos prácticos para empezar, según la edad:

Cuando los niños son pequeños, como mejor aprenden es con el ejemplo e imitando lo que ven hacer a sus padres. Por tanto, es buena idea que los padres expliquen en voz alta lo que hacen cuando actúan de acuerdo a los valores que quieren transmitir, de manera que los pequeños se dan cuenta, no solo de lo que están haciendo sus padres, sino del motivo por el que se comportan de esa manera. Por ejemplo, pongamos que mamá dice: “voy a recoger todo lo que he estado usando, para que así la mesa quede libre para otra persona,” mientras quita papeles y cartas de la mesa del salón. Con esta sencilla acción, la madre enseña a los niños los valores de saber compartir, ser responsable y respetar a los demás, ya que el niño observa cómo actúa ella y aprende por qué.

Con niños ya en edad escolar, es momento de que los padres identifiquen por su nombre los valores que van poniendo en práctica. En esta etapa, los niños aplican el pensamiento concreto y aprenden obteniendo información del entorno a través de los sentidos. Por eso, la mejor manera de educarles en valores es asociando experiencias personales de los niños a los valores deseados, y luego dándoles la oportunidad de ponerlos en práctica. Por ejemplo, en el caso de un niño que juzga las capacidades deportivas de otro, el padre explica lo siguiente: “ya sé que te parece que Jaime es malo jugando al fútbol, pero ten en cuenta que acaba de empezar, mientras que tú llevas años jugando. Además, ¿recuerdas lo que te dijeron otros niños cuando fallaste un gol el otro día y cómo te sentiste? Seguro que no quieres que Jaime se sienta igual por algo que tú le has dicho. ¿Por qué no intentas apoyarle un poco, para que se vea más seguro?” Con esta charla, el padre está mostrando empatía con el punto de vista de su hijo, pero también usa las experiencias vitales del chico para inculcarle valores de empatía, amabilidad y paciencia.

Al llegar a la adolescencia, los niños desarrollan el pensamiento abstracto, el cual les permite evaluar y reflexionar sobre ideas y temas que no han experimentado ni les han afectado en su vida. Esto supone que los padres pueden empezar a hablar con ellos sobre conceptos abstractos como el amor, la injusticia, los derechos o las obligaciones. Además, pueden guiar a sus hijos adolescentes en el proceso de evaluar esos asuntos, en base a los valores imperantes en la familia. Por ejemplo, permitiendo a los chicos que elijan la música que se pone en el coche y, luego, hablando con ellos sobre las letras de las canciones y lo que significan. Muchas canciones hablan de temas como sexo, drogas o violencia. En esos casos, los padres pueden usar la letra de esas canciones como punto de partida para entablar una conversación, preguntar a sus hijos qué piensan sobre esos temas y, según lo que respondan, guiarles hacia un refuerzo de los valores que reflejan el punto de vista de la familia. 

En resumen, las primeras lecciones en valores que damos a nuestros hijos cuando son muy pequeños conformarán el marco en que vamos a enseñarles a comportarse durante toda su infancia. Del mismo modo, los comportamientos aprendidos durante la infancia son la base sobre la que hablar, durante la adolescencia, sobre cómo aplicar esas conductas a todos los aspectos de la vida. En conjunto, esta labor pedagógica continua va a impulsar a los niños a aprender y asumir valores bien enraizados, que les servirán de guía en su camino hacia la madurez. Nunca es demasiado pronto para educar en valores a nuestros hijos e hijas. La clave es enseñarles de manera acorde a cada etapa de su desarroll. Asimismo, es importante identificar esos valores y perseverar en transmitirlos, para que nuestros hijos e hijas crezcan como personas de valores firmes.

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Sobre la Instructora
Paternidad Proactiva
Dra. Deanna Marie Mason PhD
Mas de 20 años de experiencia clínica ayudando a familias: Licenciada en Enfermería, Máster en Práctica Avanzada de Enfermería: Pedriatric Nurse Practitioner y Doctorado (PhD) en enfermería. Profesora universitaria, especialista en educación del paciente, investigadora pediátrica, colaboración con publicaciones científicas internacionales de primer nivel, actividad filantrópica continuada relacionada con la promoción de la salud y el bienestar, esposa y madre de dos hijos.

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